viernes, 18 de diciembre de 2015

Por: Jorge Luís Peña Reyes el .
 ¿Quién es ese?, preguntó Benny Moré mientras se sacudía el asombro. Estaba en Puerto Padre, un pueblo perteneciente a la región oriental de Cuba, un año antes de su definitivo adiós.

El Benny sabía con claridad qué cosa era el buen sonar de un trombón porque tuvo en su banda a Generoso. Nadie se le acercaba, excepto ese, que tronaba su trombón majadero en una extensa descarga con la orquesta Los Perversos, al mando de Emiliano Salvador padre, director de una de las jazz band más grandes de la isla.

Cuando le trajeron al muchacho de apenas quince años, El Bárbaro le pidió que tocara para él. Juan Pablo Torres con un discreto temblor de manos le lanzó de un golpe aquel repertorio que junto a su padre había conformado desde muy niño. Me lo llevo para La Habana, dijo resueltamente el Bárbaro. Pero Juan no lo acompañó nunca, porque ni tenía mayoría de edad para lanzarse a esa aventura, ni al Benny le quedaba vida para verlo brillar como a un digno discípulo del Tojo, que desde el 59 ya no estaba en su banda.

Un viejo cuarto en las afueras de la ciudad, dejaba entrar el aire salitroso, mezclado con aroma de yerba recién cortada. Juan Pablo miraba el rostro  de su primer hijo, mientras recordaba la blanca elegancia del Benny y su peculiar estilo sobre el anfiteatro de la ciudad. Lo recordó bailando en el escenario Bonito y Sabroso con aquel sombrero que de un gesto fue capaz de silenciar rotundamente a la orquesta. Sonrió cuando en su recuerdo volvió a escuchar  la carcajada de la multitud y al bailador congelado en sus ansias de acompañarlo.

Después cuando todo terminó lo vio marcharse, doblado, de la mano de  su médico viajero, como sin el ángel se le hubiera muerto y allí quedara  el hombre rústico y mortal que tanto disimulaba.

Juan sabía que aquel encuentro marcaría su destino en la música. Tal vez su pueblo no le prometía demasiado, pero tiraría de sus entrañas  una y otra vez, aunque viviera definitivamente lejos de él.

Años después Juan Pablo y El Benny se conectaron otra vez, por medio del Tojo y el estribillo que cuarenta años antes hiciera estallar al público venezolano los uniría  otra vez en  otra historia vinculante:

Vine a grabar un disco contigo, le dijo Juan Pablo a Generoso en su casona de siempre, sin apenas saludarlo. Venía con una camisa de playa y se le sentó al frente con el desafío regado en el aire.

Estás loco, juanito. Hace veintitrés años, no me arrimo al instrumento.

Vamos viejo, no te hagas, no es por gusto que te nombran el padre del trombón.

Qué padre de qué. Soy un padre que regó hijos por todas partes y ahora se muere en este viejo sillón de siempre.

Un silencio largo se apoderó del ambiente. Solo se escuchó el chirriar monótono de las maderas del sillón contra el piso.

Viejo, dejar Cuba es de las cosas que nunca quise…

Puede ser duro el exilio, pero eso que me pides es todavía más duro, hay cosas entre pecho y trombón que todavía duelen. Desde que el Bárbaro se fue, Generoso ya no existe.

El Tojo sin embargo parecía arrastrado por una fuerza interior. No le prometió nada, solo le pidió algún dinero, una boquilla, y que volviera a la semana.

Al principio la vara le parecía rígida, pero seis horas diarias le acercaban a unas notas agudas que con dificultad alcanzaba de vez en cuando. Los fraseos iban saliendo poco a poco, como cuando el Bárbaro le aplaudía aquellas venas del cuello a punto de reventar.

Cuando Juan regresó. Generoso era otra vez el negro entusiasta de siempre. Jugaba con el trombón como si un escenario se le ubicara a la espalda sin que nadie excepto él lo supiera.

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